Candelaria

LA SUBIDA DEL NIVEL DEL MAR AMENAZA ESPACIOS COSTEROS MUY TRANSITADOS.

Candelaria, a 12 de septiembre de 2026.- Hay umbrales que, vistos desde la distancia, parecen insignificantes. Veinte centímetros es la altura de un teléfono móvil puesto de pie, la mitad de un folio, algo que el ojo humano apenas registra como diferencia. Pero veinte centímetros, cuando separan el océano de una plaza pública llena de niños, terrazas y vecinos, dejan de ser una medida abstracta para convertirse en una advertencia.

Estos días, las mareas vivas han vuelto a colocar la Plaza de los Pescadores de Candelaria en el filo de esa advertencia. Con la pleamar, el agua se ha quedado a escasos veinte centímetros de invadir un espacio que no fue diseñado para recibirla. Con el mar quieto, la escena es casi pintoresca: el Atlántico acariciando los bordes de una plaza que, durante décadas, se pensó a salvo de sus embates. Pero basta un golpe de oleaje, una de esas marejadas que el calendario canario trae con regularidad, para que esos veinte centímetros se conviertan en una lámina de agua salada corriendo por donde juegan los niños y se sientan los mayores.

No se trata de una impresión subjetiva ni de una exageración de días de temporal. Los datos existen, y son tozudos. Investigadores del Instituto Universitario de Oceanografía y Cambio Global de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria han confirmado que el nivel del mar en las costas canarias ha subido alrededor de 10 centímetros en los últimos treinta años, a un ritmo de unos 3,5 milímetros anuales . Puede sonar a poco. Pero como señala el investigador Mikel Ibeas del Olmo, «la subida de 10 centímetros del nivel del mar en Canarias no es ninguna broma» .

La razón es que ese incremento no actúa solo. Se suma a las mareas astronómicas —las pleamares de estos días, sin ir más lejos—, a la presión atmosférica, al viento y al oleaje. Cuando todos esos factores se alinean, el agua alcanza cotas que hace apenas unas décadas eran excepcionales y que ahora empiezan a repetirse con una frecuencia incómoda. Y hay un agravante local: en zonas como Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, el terreno se hunde lentamente, medio milímetro al año, lo que hace que el nivel relativo del mar suba aún más deprisa .

Las proyecciones no invitan al optimismo. Para 2050, en el escenario más pesimista, el mar podría haber subido unos 36 centímetros en Las Palmas y 40 en Santa Cruz respecto al nivel de 2005 . Para finales de siglo, algunas estimaciones hablan de más de un metro . En un archipiélago donde buena parte de la población y de la actividad económica se concentra en la franja costera, esos números no son un ejercicio académico.

La Plaza de los Pescadores, en Candelaria, no es un lugar cualquiera. Alberga zonas de ocio infantil, espacios comerciales, terrazas y áreas de descanso para los vecinos. Es, en el sentido más literal, espacio público ganado al mar y sostenido frente a él. Y la propia documentación oficial ya ha identificado su vulnerabilidad.

El Plan de Actuación frente al Riesgo de Inundaciones de Candelaria reconoce que el núcleo poblacional próximo a la costa «no posee un gran desnivel, lo que acentúa el riesgo» . La presencia del muelle actúa como dique de protección en condiciones normales, pero atenúa, no elimina, la amenaza. Las medidas preventivas que recoge el plan hablan de balizar zonas de alto riesgo, limitar accesos durante alertas y cerrar actividades portuarias cuando se declaran avisos por fenómenos costeros . Es decir: la administración sabe que el mar puede llegar. La pregunta es qué se hace cuando ese «puede» se convierte en «está a punto».

No es un problema exclusivo de Candelaria. En el Puerto de Las Nieves, en Agaete, el nivel del mar ha crecido 15 centímetros en veinte años, hasta el punto de que el agua ya llega al dique con la marea alta. Allí se ha ejecutado una obra para elevar el muelle un metro y anticiparse a lo que pueda venir . En San Cristóbal, en Gran Canaria, la situación es tan llamativa que el director gerente de Puertos Canarios lo resumió con una frase que, más que una broma, es un diagnóstico: «Allí Jesucristo puede caminar sobre las aguas» .

La tentación, ante escenas como la de estos días, es pensar que se trata de episodios puntuales, que siempre ha habido mareas y que siempre las habrá. Es cierto. Pero lo que está cambiando no es la existencia de las mareas, sino el punto de partida sobre el que actúan. Un mar que ha subido diez centímetros hace que una pleamar viva de hoy alcance donde antes solo llegaba una marea excepcional. Y si esa subida continúa al ritmo actual, o lo acelera, los umbrales de seguridad que hoy parecen suficientes mañana serán insuficientes.

Preparar los espacios expuestos a la subida del nivel del mar no significa abandonarlos ni renunciar a ellos. Significa adaptarlos con criterios realistas: elevar cotas donde sea posible, replantear drenajes, diseñar barreras que no rompan la relación con el mar pero que impidan que el agua salte sobre las aceras, y sobre todo, incorporar la variable del nivel del mar en cualquier planificación futura de esos espacios. El propio estudio de la ULPGC lo subraya: «Sería fundamental identificar zonas vulnerables que ahora no lo son, pero que podrían serlo en unos años» . La prevención, insiste, es más eficaz y más barata que la reconstrucción posterior.

La Plaza de los Pescadores de Candelaria es un símbolo de lo que está en juego. No porque sea el único lugar vulnerable —hay 47 puntos de riesgo identificados en el archipiélago, y 140 kilómetros de costa bajo amenaza —, sino porque en ella se concentran todas las dimensiones del problema: es un espacio público, es un espacio querido, es un espacio que alberga vida cotidiana. Cuando el agua llegue a invadirlo, aunque sea unos centímetros y durante unas horas, no se habrá perdido una plaza. Se habrá ganado una certeza incómoda: que el mar, tarde o temprano, reclama lo que un día fue suyo. Y que veinte centímetros, cuando se trata del nivel del mar, nunca son solo veinte centímetros.

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