SE CUMPLEN 20 AÑOS DEL PAVOROSO INCENDIO DEL OBISPADO EN LA LAGUNA.

Candelaria, a 24 de enero de 2026.- Se cumplen dos décadas de uno de los incendios más significativos en la historia reciente del patrimonio de Tenerife. Era el mediodía del 23 de enero de 2006 cuando, a las 12:30 horas, decenas de llamadas desesperadas saturaron el teléfono de emergencias 112 alertando de un voraz incendio en el Palacio del Obispado de San Cristóbal de La Laguna. La imagen de densas columnas de humo negro ascendiendo desde uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad colonial conmocionó a la población.
Los bomberos del parque de La Laguna y de Santa Cruz se movilizaron de inmediato. Al llegar, su primera prioridad fue confirmar que no hubiera personas atrapadas en el interior. Una vez garantizada la seguridad de las vidas humanas, se enfrentaron a un desafío mayúsculo: controlar y sofocar un fuego que se alimentaba de la estructura misma del edificio. Los techos y gran parte de la estructura del Palacio, construido en el siglo XVII y con sucesivas reformas, eran de tea, la madera resinosa de pino canario, un material noble pero altamente combustible.
Cerca de 50 efectivos trabajaron de forma coordinada durante más de cinco horas en una operación exigente y compleja. No se trataba solo de apagar un incendio; era una carrera contra el tiempo para salvar un fragmento insustituible de la historia de Canarias. La intervención requirió estrategia, esfuerzo físico extremo y la aplicación de protocolos para minimizar los daños al inmueble mientras se combatían las llamas.
El edificio siniestrado no era una construcción cualquiera. El Palacio de Nava, como también se le conoce, había servido como residencia episcopal desde el siglo XVIII. Su valor arquitectónico e histórico es enorme, formando parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999. El incendio puso en jaque no solo un símbolo religioso, sino un pilar de la identidad lagunera.
Los daños, afortunadamente, no afectaron a la estructura principal ni a las fachadas, que se mantuvieron en pie. Sin embargo, el fuego causó estragos en las cubiertas y en varias dependencias interiores, incluyendo salones y archivos. La pérdida más dolorosa fue la destrucción total del artesonado mudéjar de la capilla, una obra de arte de incalculable valor histórico y artístico que quedó reducida a cenizas.
El suceso del 23 de enero de 2006 dejó una profunda huella y sirvió como punto de inflexión en la conciencia sobre la protección del patrimonio. Puso de manifiesto la vulnerabilidad de los edificios históricos, incluso aquellos que parecen más sólidos, y la necesidad crítica de implementar y actualizar medidas de prevención contra incendios adaptadas específicamente a las características de estas arquitecturas singulares.
La reconstrucción y restauración del Palacio fue un proceso largo y minucioso. Se procedió a la restauración de las cubiertas y salones dañados, siempre respetando las técnicas y materiales tradicionales. Aunque el artesonado de la capilla fue una pérdida irreparable, el trabajo de los restauradores logró devolver al edificio su esplendor, asegurando su conservación para las futuras generaciones.
Veinte años después, el incendio del Obispado de La Laguna sigue siendo un capítulo doloroso pero aleccionador en la crónica de la ciudad. Es un recordatorio permanente de la importancia del trabajo en equipo, la preparación de los cuerpos de emergencia y la vigilancia constante que requiere la preservación de nuestro legado colectivo.
La efeméride nos invita a reflexionar sobre el valor de lo que hemos heredado y la responsabilidad que tenemos de protegerlo. La columna de humo sobre La Laguna se disipó hace dos décadas, pero la lección que dejó sobre la fragilidad del patrimonio ante el fuego debe permanecer viva para siempre.




