LA NOCHE DE LOS HUEVOS.

Cada 31 de octubre, cuando cae la noche y las calles se llenan de niños disfrazados, se repite un ritual que ya no es anécdota: el lanzamiento de huevos contra fachadas, vehículos y personas. Detrás de la gamberrada, un problema de educación que no se resuelve en las casas y una respuesta institucional que oscila entre la campaña de concienciación y el pasotismo más absoluto.
La escena es recurrente. En municipios como Los Lances (Tarifa), grupos de menores se dedicaron durante la pasada noche de Todos los Santos a localizar vecinos en terrazas y «apedrearlos con huevos», según crónicas locales . En Las Palmas de Gran Canaria, aunque las cifras han bajado drásticamente —de 105 incidentes contra guaguas en 2019 a solo seis en 2025—, el fenómeno persiste . Y no es solo una cuestión de transporte público: taxis, viviendas, mobiliario urbano y personas particulares han sido blanco de esta práctica durante años .
El problema tiene una raíz que las administraciones rara vez nombran: la falta de educación cívica. Los propios responsables políticos lo admiten con medias palabras. El concejal de Movilidad de Las Palmas, José Eduardo Ramírez, pedía hace dos años «la complicidad de la ciudadanía, sobre todo de los padres, las madres, maestros y maestras» para hacer entender a los jóvenes que «esto no es una broma, no es una gamberrada graciosa» . Es decir: la transmisión de normas básicas de convivencia no está funcionando ni en el ámbito familiar ni en el escolar. Y cuando falla la educación doméstica, el espacio público se convierte en territorio comanche para unos menores que saben —o intuyen— que difícilmente habrá consecuencias.




