LA PISCINA MUNICIPAL, UN ESPACIO QUE LANGUIDECE Y EMPOBRECE LA IMAGEN DE CANDELARIA.

Candelaria, a 21 de agosto de 2026.- Hay lugares que trascienden el cemento y el agua. Lugares que se convierten en la memoria viva de un pueblo. La piscina municipal de Candelaria, situada en La Hornilla desde hace más de 60 años, era uno de esos sitios. Allí aprendimos a nadar, a perder el miedo al agua, a lanzarnos sin red. Allí perfeccionaron su técnica los nadadores, recuperaron la movilidad nuestros mayores con terapias acuáticas y encontraron un refugio los adolescentes que crecieron entre sus muros y sus vestuarios de losetas frías.
Hoy, esa misma piscina es un esqueleto de lo que fue. Cerrada, vacía, abandonada. Un símbolo de la desidia y del choque entre administraciones que ha dejado a un municipio entero sin su principal infraestructura acuática.
Diez años de silencio administrativo
La historia del declive de la piscina municipal de Candelaria es tan larga como dolorosa. La instalación, abierta al público mucho antes de que existiera la Ley de Costas de 1988, lleva diez años cerrada, atrapada en un absurdo contencioso entre el Ayuntamiento de Candelaria y la Dirección General de Costas del Estado por la renovación de la concesión en dominio público marítimo-terrestre. Lo más paradójico de todo es que ambas administraciones pertenecen al mismo partido político.
El origen del litigio se remonta a 2011, cuando el Ayuntamiento solicitó regularizar una instalación que llevaba décadas funcionando sin título habilitante. En 2018, el propio Estado llegó a formular una propuesta favorable condicionada, pero en 2022 cambió de criterio y rechazó la concesión. Desde entonces, la piscina permanece inoperativa, esperando que alguien, en algún despacho, decida anteponer el sentido común a la disputa partidista.
Mientras tanto, el tiempo pasa. Las generaciones que crecieron en sus instalaciones ven cómo su legado se desvanece. «Aquí aprendieron a nadar nuestros hijos, aquí se juntaban los adolescentes y aquí se rehabilitaban los mayores de sus dolencias», lamenta un vecino. «Nos lo robaron una pelea entre despachos que ni siquiera era ideológica. Es surrealista».
Un pulso con el Estado que aún no termina
En abril de 2026, la Audiencia Nacional dio la razón al Ayuntamiento de Candelaria, anulando la resolución de la Dirección General de la Costa y el Mar que había denegado la concesión. El tribunal reconoció el derecho del municipio a obtener la autorización, destacando además el valor social y cultural de estas instalaciones, que definió como algo más que meras piscinas deportivas: «instalaciones que permiten disfrutar del aire marino y darse baños en agua de mar con seguridad».
Sin embargo, la alegría fue efímera. A día de hoy, el Ayuntamiento sigue a la espera de que transcurra el plazo para un posible recurso antes de proceder a su puesta en uso. Mientras tanto, Costas sigue impidiendo su reapertura al no renovar la concesión que solicita el Ayuntamiento. El agua sigue estancada, y con ella, la vida de un pueblo que mira con impotencia cómo su patrimonio se desmorona.
La paradoja de la nueva piscina
Mientras la vieja piscina de La Hornilla languidece, el Ayuntamiento ha puesto en marcha un ambicioso proyecto para construir una nueva piscina municipal cubierta en la Rambla de Los Menceyes, con una inversión superior a los 10 millones de euros. Las obras, que comenzaron en julio de 2026, tienen un plazo de ejecución de 24 meses y se prevé que concluyan en el verano de 2028.
Pero la paradoja es evidente: se construye una nueva piscina mientras la histórica, la que dio vida a generaciones enteras, sigue abandonada. El Ayuntamiento confía en recuperar la piscina municipal antes de que esté lista la nueva cubierta, pero los vecinos ya no se fían de promesas. «No es razonable que vecinos y vecinas de Candelaria tengan que salir del municipio para acceder a terapias que deberían estar garantizadas cerca de sus hogares», denunció el partido NC-BC.
Un legado que se desvanece
La piscina municipal de Candelaria no es solo un equipamiento deportivo. Es parte de la identidad del municipio, un lugar donde se forjaron recuerdos, se curaron lesiones y se construyó comunidad. Su abandono no es solo un problema de mantenimiento o de falta de inversión: es el reflejo de una falta de entendimiento entre administraciones que ha dejado a un pueblo sin uno de sus espacios más queridos.
El agua de la piscina de La Hornilla ya no se mueve. Pero el recuerdo de quienes crecieron en ella sigue fluyendo, como un eco de lo que fue y de lo que nunca debió perderse. Mientras los despachos siguen enredados en informes y plazos, Candelaria espera. Y la piscina, vacía y muda, sigue siendo el testigo mudo de una batalla que ya ha durado demasiado.
El fútbol forma jugadores, pero los valores dejan huella para siempre. Y las piscinas, como los pueblos, también merecen ser recordadas con el respeto que se ganaron a pulso, durante décadas, enseñando a nadar a quienes hoy solo pueden mirar sus aguas estancadas con nostalgia.




